Por: Sofía Casablancas
Imágenes: Alexandre Perotto

Perder el miedo a hacer el ridículo pues ridículo aquel que no puede reír de sí mismo. Poder reír y llorar también, saber coser las heridas del alma, zurcirlas con sueños y en una oda a la libertad, levantar las alas y volar sin huir.

Leo esto en mi primera noche en Barcelona. Se trata de un texto que está escrito sobre la pared, resquebrajada y de un verde olivo que contrasta con las cañas prometedoras, de un bar. Miro a mi alrededor: Barcelona se reduce, hasta el momento, a estas cuatro paredes bajas y a las personas que están en el local; una pareja bebiendo vino, unas amigas compartiendo unas papas bravas, una familia de extranjeros intentando descifrar el menú catalán…No conozco más, y aún parezco querer verlo todo, probarlo todo, respirar cada uno de esos aromas especiados, saborear los condimentos, sentir. Así lo hago, perdiéndome entre recuerdos y sucesos del presente, conectando ambos, buscando la familiaridad en lo desconocido. Mi vista regresa al poema: coser las heridas del alma. Me pregunto si tal cosa será posible. Quizá sí. Entre voces internas y el bullicio del lugar, me siento bien acompañada. El clima es cálido y el ambiente aún más.

Saboreo el último sorbo de café y me dispongo a explorar algunas cuadras, todas ellas ordenadas, limpias, sin mucho movimiento. A lo lejos la Sagrada Familia, erguida y destacada, se muestra dominante y demanda respeto. Una construcción de tal detalle y magnitud merece ser apreciada de noche y a todas horas. Al recorrer sus interiores al día siguiente, me invade un sentimiento mágico, una sensación de positivismo exacerbado y pienso que las heridas sí pueden ser cosidas, las mías bajo esos vitrales de incomparable belleza inmersos en el universo fantástico de Gaudí, parecen en verdad ser menos, ir sanando. Me siento diminuta y felizmente contrariada, para donde volteo caen colores del cielo, la luz natural se torna iridiscente proveyendo calor y esperanza a los visitantes deleitados, mientras que las cúpulas erigen inefables, elocuentes en demasía. Siempre imaginé que conocer dicha construcción sería una experiencia inolvidable más no inmarcesible; y sin lugar a dudas lo es, puesto que sus pasillos, puertas, muros, escaleras y detalles infinitos jamás podrán marchitarse. Al salir, me invade cierta nostalgia, como la que se vive al dejar el hogar y aventurarse al mundo al descubierto, solos, con las maletas cargadas de deseos e ilusiones, de parches y pegamento para remendar los daños del corazón. Quiero quedarme sin embargo la gran cantidad de sitios prometedores me invita a continuar el recorrido.

Me dirijo a las famosas Ramblas, estos callejos llenos de actividad, flujo constante y sazón, hay música de todo tipo que resulta en una interesante mezcla, gente de todas las edades, conversando, patinando, disfrutando de los días que en esta zona son tan largos como uno quiere. Hay cafés y loncherías cuyas convenientes promociones de café y baguette por dos euros no pueden pasar desapercibidas y en donde al ordenar se dirigen a uno como “guapo” o “guapa”. Y es que en realidad, inmersos en ese ambiente de buenaventura donde el porvenir se vislumbra afable, todos lucimos mejor, los rasgos característicos que muchas veces menospreciamos, nos otorgan personalidad, nos hacen quienes somos, aportándonos estilo y distinción. Las heridas aquí ya casi no se sienten.
Para aprovechar la luz y contemplar una maravilla más de Barcelona, me encamino hacia el legendario Pabellón de Alemania diseñado por el gran Mies van der Rohe. Desde lejos se ve pequeño, pero al irme acercando mis ojos no creen lo que ven. Para mi fortuna, no hay nadie más en este majestuoso palacio longitudinal de mármol, en el que los errores definitivamente no tienen cabida. Es perfecto, es puro, trasmisor de sosiego y proveedor de inspiración, es vida y esplendor. Un canto armónico entre rocas metamórficas y espejos de agua. Es un espacio en el que la palabra paz flota por doquier y se impregna en nuestras ropas y nuestro ser. Intento hacer una remembranza de mis heridas, de todos los rasguños, cortadas y golpes que, según dicen, nos hacen madurar, pero han sido cosidas, se han zurcido con los sueños de Gaudí y Van der Rohe combinados con los míos y vueltos tangibles. ― “saber coser las heridas del alma, zurcirlas con sueños y en una oda a la libertad, levantar las alas y volar sin huir.― El poema sigue en mi mente, me siento frente al Pabellón, y con la mirada fija en él, saco de mi bolsa hilo y aguja, ya no los necesito, se han zurcido las heridas.