Por: Sofia Casablancas

Desde chica he tenido la costumbre de hacer comparaciones entre cosas, lugares y personas, de relacionar objetos comunes con elementos diferentes o nuevos. Quizá para no sentirme tan perdida entre lo ajeno y misterioso, para no dejar en el olvido el sentido de pertenencia. Con el paso del tiempo, este defecto o cualidad (desconozco lo que en realidad sea) se ha ido desarrollando aún más, al punto de no poder apreciar el momento sin buscar en la memoria referentes de ese preciso instante, locación o compañía.

Fue cuando visité la imponente Ciudad de Nueva York por primera vez que las posibles asociaciones parecieron esfumarse, intenté comparar a la Gran Manzana con el caótico Distrito Federal, y encontré algunas similitudes; sin embargo, las maravillas de Nueva York acapararon mi mente y no pude seguir con mi proceso comparativo. Cada esquina tenía su encanto, cada parque, cada café, cada personaje. En ese momento estaba convencida de que no había mejor ciudad en el mundo que esa que no duerme. Por algunos años me declaré fanática de sus museos, sus teatros, su música, y aunque conocí otras ciudades, ninguna superaba el encanto de Nueva York.

Continué con mis famosas comparativas y posturas bastante definidas respecto a los sitios de mi preferencia, pero pasaron algunos años y tuve la fortuna de viajar a París, La Ciudad de la Luz, en la que se respira el aire bohemio y uno puede dejarse llevar por los tópicos de una ciudad romántica y
cosmopolita sin complejos. Entre amenas caminatas al lado del río Senna y visitas a los increíbles museos: d ́Orsay, Louvre, y por supuesto, el Georges Pompidou (en que el, por suerte, estaba la exposición de uno de mis artistas favoritos: Jeff Koons), el tiempo se detuvo y el delicioso aroma a crepas me guió hacia diversos rincones culinarios de lo más pintorescos.

Visitar la Catedral de Notre Dame (una de las construcciones más antiguas del estilo gótico) y apreciar la magnitud de la icónica Torre Eiffel son experiencias altamente recomendables, así como ver el amanecer desde el Pont des Arts, conocido como el puente de los amantes. Finalizado en 1804, el innovador diseño fue idea de Napoleón Bonaparte, quien deseaba un puente de metal que uniese el Institut de France y el Palais des Arts (antiguo nombre del Louvre), al que debe su nombre.

En París, la gastronomía es cultura, siendo junto con México y Japón, uno de los países cuyos platillos son considerados Patrimonio de la Humanidad. Y qué decir de la repostería… para los amantes del dulce, este es el lugar indicado. Ladurée, famoso por sus macarrones, con deslumbrantes decoraciones y tonos verdes claro, funge como el establecimiento perfecto para disfrutar de un té o café acompañado de tartaletas de limón miniatura que se derretirán en la boca mientras los ojos se deleitan con los perfectos petisús de vainilla, biscuits de chocolate y religieuses au café. La perfección y el detalle con que estas delicias están hechas, hace que comerlas sea difícil, bien podrían pasar por piezas de museo.

París me cautivó por completo, y lo más curioso es que no sentí la necesidad de bajar a Nueva York del pedestal, puesto que ambas ciudades tienen, sin lugar a dudas, un estilo único. No hay nada como perderse en las estrechas calles de Le Marais o caminar tranquilos por Union Square, ambas ciudades tienen su encanto y un lugar especial en mi memoria. París no sería París si no tuviese algunos lugares especialmente emblemáticos. El principal reto es elegir uno.