No, no estoy pensando migrar a Android, Firefox, WebOS o Windows (aunque habrían podido convencerme).

Soy un usuario y consumidor fiel del universo Apple. Mi vida está en iCloud, dispositivos que lo usan y las apps que soportan. Defiendo su filosofía de diseño, sigo cada noticia suya y de la competencia. Hace años me ganó y no me ha soltado. Pero, hoy, el único iPhone que he tenido está a punto de perder su puesto en mi bolsillo.

Un poco de historia

Como con lo del huevo y la gallina, conmigo llegó antes el iPad que el iPhone. Era más joven, tenía un buen empleo, más sueldo del que sabía gastar y una MacBook Pro con más de un año de uso que había probado ser todo menos portátil — por supuesto, ninguna laptop en 2010 era ligera, en realidad. Mi poco acceso al crédito en ese entonces hacía imposible adquirir un iPhone dentro de un plan y la gran pantalla del iPad ofrecía suficiente brillo consumista como para no ir corriendo por uno — cosa que hice y de contado. Así entré de bruces en el ecosistema movil de Apple, aunque tal ecosistema apenas estuviera naciendo.

En un par de meses, mi nueva y flamante computadora sin teclado fingió hacerme más productivo: me permitía tomar notas en las juntas, revisar el estatus de los portales que administraba, ver reportes de uso de la red, leer correos, abrir hojas de cálculo con indicadores de ventas (lo godín, pues). También se volvió tema de ceños fruncidos por parte de jefes, colegas, familiares y amigos en todo tipo de reuniones de trabajo y ocio: es difícil ignorar que estoy viendo fijamente a una una enorme pantalla con la que aparentemente estoy jugando en vez de poner atención. Algunas veces, si era el caso.

Esto, claro, nunca sucedió cuando llevaba una laptop — que hoy en día parece enorme en comparación con la MacBook Air que la reemplazó. La laptop es ubicua en la sala de juntas corporativa desde hace dos décadas, por poco más importante que el usuario que la lleva consigo. Nadie cuestiona el valor laboral de lo que sea que se ve en esa laptop, de los importantes números que se deben estar manejando en ella, las notas que se estarán tomando o las presentaciones que se modifiquen mientras alguien conduce una junta importantísima y el resto de los asistentes -con sus laptops- hacen la misma cantidad de cosas importantísimas. Pero un iPad en ese entonces era un juguete moderno, tanto como un iPhone era un gadget de ejecutivos de medio pelo. Uno no podría estar haciendo nada importantísimo en un aparato sin un ratón o un teclado, así que cargaba con laptop a las juntas donde al menos alguien ya tuviera “Director” en su título.

Era de esperarse el trato desigual, yo era un pionero. Un explorador en las llanuras del mundo movil como lo conocemos ahora, con mi lujosa tarjeta SIM que me liberaba del horrible WiFi de la oficina, me abría las puertas de Waze en sus primeros días y estaba listo para recibir Netflix. Claro, ya había smartphones, pero poca gente los tenía: eran pocos modelos, caros, con poco que ofrecer y BlackBerry ostentaba dominio total en las oficinas. Twitter tenía escasos años de funcionar, Facebook no terminaba de cuajar en la pantalla movil, Instagram no existía y Whatsapp tenía todavía muy pocos usuarios: no había mucho por qué hundir la cara en las pequeñas pantallas más allá de llamadas, algunos juegos y Safari — para nadie, excepto para mi y mi cara hundida en mi nuevo gran juguete de aluminio con una biblioteca enorme de apps publicadas y en proceso de nacer. Para las llamadas y mensajes, un pequeño Nokia con linterna hacía todo el trabajo. Mi vida digital ya estaba en la palma de mi mano. Bueno, manos, porque un iPad 2 no es nada fácil de sostener.

El iPhone llegó conmigo dos años después, en la forma de un 4S que conservo hasta la fecha a pesar de ser tres generaciones demasiado viejo para el estándar de recambio actual. Llegó con mejor plan de datos, una caja bonita y la promesa de matar dos pájaros de un tiro: evitarme la “pena” de mostrar un teléfono desechable en público y trasladar toda mi experiencia iOS al bolsillo. Sería imposible jugar con la app de Los Simpsons, Crunchyroll quedaría relegado de vuelta a la MacBook y la batería se convertiría en un problema inevitable. Pero eran precios módicos que pagar por evitar cargar un maletín extra, tener redes sociales a la mano y dejar de ser el tipo que lleva un iPad al gimnasio. Además, aún en mi nuevo empleo dentro de una agencia de marketing, el estigma de cargar una tablet a una junta, en lugar de una libreta, hizo de las suyas. Ver notificaciones en un iPhone no era gran pecado. De hecho, tomó tal relevancia que terminé vendiendo el iPad después de unos meses guardado en un cajón: se había vuelto irrelevante.

Y es que, en el fondo, para el 2012 el iPad no podía dejar de ser “un iPhone muy grande”, como lo criticaron desde su llegada en 2009. Si, tenía -y tiene- una versión más amplia del mismo iOS del iPhone y del iPod Touch; hasta entonces lo común seguían siendo apps “HD”, versiones más grandes de apps hechas para el iPhone, que en muchos casos no ofrecían nada extra; pero era pesado, bloqueaba la vista y seguía sin tener una gran oferta en apps de productividad que lo hicieran un producto realmente necesario por encima de su hermano mayor que lo-puede-todo.

Hoy, mi iPhone pende de un hilo. Un hilo, nada barato, que se llama Apple Watch.

Cuando Steve Jobs presentó el iPad las críticas hacia la poca usabilidad del producto llovieron a cántaros. Después de revolucionar el mercado de la telefonía móvil con el smartphone mejor diseñado para el consumo masivo, pero con solo unos años de vida, los medios creían que Jobs estaba perdiendo el encanto y Apple iría en picada de nuevo justo después de haber repuntado. El tiempo probó lo contrario.

Hoy, después de un par de años y un par de versiones de iOS -que en comparación parecen tener décadas de separación- el iPad ha vuelto a mis manos en su formato Mini. Este artículo lo escribo, de hecho, desde el compacto teclado de una de segunda generación, echado en el sofá, en pijama, desde las 4am hasta el amanecer. Una noche de insomnio bien aprovechada que mi laptop -convertida en PC de escritorio y guardada en la oficina- habría convertido en una tortícolis y en un pésimo inicio de semana. Desde la Mini puedo escribir casi tan rápido, con ambos pulgares y recostado frente a la ventana, en vez de estar encorvado hacia mi escritorio en desuso.

La más reciente iteración de iOS y la creciente biblioteca de apps dedicadas para el iPad le han devuelto -para mi juicio- la gloria perdida ante las últimas 3 generaciones del iPhone. El teclado, como dije antes, es más compacto y, aunque no es ideal para escribir con dos manos, es perfecto en una posición como en la que me encuentro. Es suficientemente ligero como para llevar más de tres horas sosteniéndolo mientras hago y reviso notas, mas otras cuatro de lectura previa. La pantalla Retina resulta menos agotadora a la vista que la de mi vieja tablet y, aunque no es el ideal todavía, ya dejó a un Nook en el cajón hace más de seis meses. Los feeds de Facebook, Twitter y LinkedIn que hoy en día son más contenido multimedia que texto tienen mucho más sentido en una pantalla de este tamaño y Netflix, Crunchyroll e incluso YouTube se han ganado su lugar de vuelta. Recientemente, gracias a las apps de Asana, Actions, Chrome Remote Desktop y Astropad este iPad Mini ha reemplazado casi en su totalidad la necesidad de una computadora. Adobe tiene que jugar la siguiente mano y traer la suite -o una buena variante- de Creative Cloud al mundo movil.

El iPad tiene una ventaja que su hermano menor y más popular no podrá tener nunca: un iPad puede correr apps de iPhone ampliándolas para ajustar la pantalla, el iPhone no puede hacerlo a la inversa. Sin embargo, el iPhone tiene dos ventajas importantes que lo mantiene todavía en mi bolsillo: es un teléfono y puedo ver notificaciones en un par de segundos. Esa parte de “teléfono” es la función de mi iPhone que está más próxima a ser desechable, auguro.

Por un lado, ya viví la experiencia de tener un celular “tonto” con las funciones más básicas y que constantemente terminaba olvidado en el buró o en la mochila. Por el otro, la mejora exponencial en servicios de audio y video por internet, sumado a la cantidad de servicios de mensajería, han llevado mi nivel de uso de minutos tiempo-aire a un promedio de solo 5 al mes. Eso es 5 de 200 minutos libres todo destino que pago cada mes. Yo ya no llamo, me llaman, y muy esporádicamente. Son mas las llamadas que recibo de cualquier tipo de telemarketing, que de familiares, colegas, clientes o amigos: a todos, todos, los tengo en conversaciones por Whatsapp, iMessage, Facebook Messenger, Hangouts y -pronto- en Slack. Si hace falta algo más personal, FaceTime, Facebook y Google cumplen con conectarnos en audio o video. En mi casa no hay, siquiera, un aparato telefónico conectado a ninguna línea. En cuanto logre resolver el problema burocrático que representa no tener un número telefónico en este país, mi iPhone habrá recibido un golpe importante.

Pero ahí, todavía, lucha con lo único que el iPad -Mini o normal- simplemente no puede: las notificaciones. Si, ambos las tienen, en el mismo Centro de Notificaciones y en todos los casos hacen lo mismo: me entregan la información más reciente y medios para responderla. Puedo borrar un email desde ahí, responder un iMessage, devolver una llamada -desde el iPad también, ahora que existe Handoff. Puedo sacar el iPhone y hacer cualquiera de esas cosas en menos de 5 segundos; de hecho, lo reviso cada 5 minutos por nuevas notificaciones o para ver la hora, como cualquier usuario normal de smartphone. Con el iPad, de cualquier tamaño, eso es una tarea demasiado complicada: a menos que lo cargue fuera del maletín, fuera de su funda, en una mano y tenga la otra libre, revisar notificaciones con la misma regularidad es impensable, sin mencionar que se ve ridículo y es un llamado en voz alta al asalto callejero. Para las revisiones rápidas y constantes (o glances), el iPhone sigue siendo el rey. Al menos, hasta el próximo 24 de abril, día de la primera entrega a compradores del Apple Watch.

Por supuesto, no es el primer smartwatch, no hace mucho más que la competencia con más de un año al mercado, pero si hace algo importante que quizás sea la clave para el futuro del mercado móvil en lo que a Apple respecta: evita tener que agarrar un iPhone. Más allá de dar la hora, medir la actividad física y -esperemos- avisarle a alguien si tengo un infarto, el Watch sustituye la necesidad de voltear a ver cualquier otro aparato, sea iPhone, iPad o iPod. Mientras esté enlazado al primero, puede dar aviso de todo lo que se le de permiso, además de controlar la música, enviar mensajes y contestar llamadas. Todo, sin tocar nada más; sin ver a una pantalla que abre la puerta a revisar Facebook que abre la puerta a ver qué pasa en Twitter, a cuántos correos nuevos tengo y a quién está cerca en Swarm. No, sólo da la información necesaria, la mínima, todo en glances.

Cierto. Hace lo mismo que un reloj de Samsung, LG o Motorola. Pero yo no tengo ningún aparado de ellos. Vaya, con trabajos y conservo mi correo de Gmail. No, toda mi vida digital está en el ecosistema de Apple y sus suburbios: mis calendarios, recordatorios, tareas, correos, fotos, presentaciones, hojas de cálculo y textos viven dentro y alrededor de iCloud, con ayuda de Dropbox y otros que se llevan muy bien con mis dispositivos.

La idea de que mi teléfono se acerca a ser obsoleto, más que por la edad que tiene, por lo que puedo hacer sin él ya lleva varios meses en mi cabeza. La descarto cada vez que aparentemente si lo necesito, pero vuelve al perder batería o cuando lo olvido otra vez entre los cojines del sofá o lo dejo en silencio y no me doy cuenta que tengo 56 mensajes grupales en Whatsapp. Y, ahora, se termina de asentar cuando pienso en que un nuevo aparato como el Watch podría hacer que siquiera lo vuelva a tocar, convirtiéndolo en nada más que un módem al servicio de otros miembros de su familia. La idea de un aparato sin función relevante viajando conmigo todo el tiempo, no me convence.

En este momento, de hecho, no se donde está el iPhone. Lo encontraré en cuanto suene la alarma, porque seguro está en casa. Pero los tiempos de recurrir a él para matar cualquier rato muerto han ido quedando atrás. El iPad Mini ofrece todo lo que necesito en términos de organización y productividad, y sólo falla al momento de andar por la calle. La carta final, con la que el iPhone 4S que me ha acompañado, que ha resistido golpes, llamado taxis, resuelto búsquedas de hoteles, puede finalmente terminar en un cajón la tiene Apple.

A la distancia de una actualización de software, en cuanto decidan -si es que sucede y hay indicios de que así será- abrir el enlace entre Watch y iPad, la utilidad de un iPhone habrá quedado anulada, al menos para mi. Sin necesidad de sacar el iPad del maletín para interactuar con notificaciones y algunas acciones básicas como pedir Uber o seguir direcciones, la única inconveniencia de traer un aparato “tan grande” habrá desaparecido. No, no seré de nuevo el tipo que lleva el iPad al gimnasio -al que no voy hace un año, por cierto-, ni el desconsiderado que lo abre en una reunión de amigos: simplemente no lo traeré conmigo. La principal función de mi iPhone en esas situaciones será cumplida por un reloj: ver la hora. La “función” secundaria, no será posible: ser un distractor. Podré ir al gimnasio o salir a correr, ir a una reunión o estar con la familia sin, siquiera, la posibilidad de hundirme en el oscuro túnel de Tumblr o cuántos nuevos Vines hay esta semana. Nada, sólo ver la hora si no hay iPad cerca; si la hay, sólo ver las notificaciones relevantes, sin perder atención de nada. Un total reto a mi ansiedad social, pero venga.

Apple nunca, en realidad, ha inventado un nuevo producto: han sabido hacer grandes, mejores y más apetitosas versiones de productos que ya estaban ahí, luchando por sobrevivir. No inventaron la computadora personal, la hicieron realmente personal; no inventaron la laptop, la mejoraron desde la PowerBook hasta la MacBook; no inventaron el reproductor mp3 ni el smartphone ni las tablets, rescataron líneas de producto y propusieron nuevas fronteras para los mismos con el iPod, el iPhone y el iPad. No han inventado el reloj ni mucho menos el smartwatch, pero con el nuevo Apple Watch, que llega bastante después que sus competidores quizás han firmado la sentencia de muerte al iPhone. Al menos, al mío.

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Para leer más al respecto, visite:
Apple Watch, The definitiva review
iPhone killer: The secret history of the Apple Watch
Foto: Arstechnia.com


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